Una gruta y la escultura de un Budha sentado en loto y con el mudra del OM, era la señal que Daniel Brown estaba buscando.
Dio unas palmadas sobre el
hombro del chofer y este detuvo la vieja camioneta de tolva abierta que los
transportaba.
_ No encontrará nada
por acá – dijo el chofer – sólo serpientes y tarántulas.
_ Gracias – dijo Daniel – acá me quedo -
Sacudió el polvo de su khartú y acomodó el kharé sobre su cabeza, y se dirigió
hacía la gruta.
Vio la nube de polvo y
tierra que dejaba la camioneta al alejarse.
Había recorrido miles de
kilómetros hasta llegar a ese lugar.
Llevaba tres años en su
nueva vida como Sadhu. Las ropas elegantes, el terno blanco, los zapatos
de marca italiana, las grandes comodidades y riquezas, producto de la venta de
diamantes, quedaron en el pasado.
Había recordado muchas de
sus vidas pasadas, este conocimiento generó una tremenda transformación en el
joven Daniel, al punto de encontrar un nuevo sentido para su vida, dejó de lado
las cosas materiales y se dedicó a la búsqueda del mundo espiritual.
Las imágenes y recuerdos
de esas vidas pasadas continuaron, sin embargo ya no causaban angustia porque
había llegado a la comprensión de su unicidad. Muchas vidas, un solo SER.
Una y otra vez se había
presentado en su mente la imagen de aquel paraje en el cual se encontraba
ahora, como una visión, sólo el joven Sadhu sabía que la imagen pertenecía a
recuerdos de una vida pasada. Bangladesh significaba mucho para él.
Ciento cuarenta años
atrás, aproximadamente, en aquella vida que recordaba con frecuencia, conoció a
un comerciante de telas. Este hombre, como cualquier comerciante de Bangladesh,
era odiado por la gente. Un día, el conocido comerciante, cansado de tantos
maltratos y toda la envidia del pueblo, decidió retirarse a meditar a un lugar
apartado. Fue cuando de pronto vio a un Sadhu que venía hacia el lugar donde se
encontraba, el personaje iba cubierto con un enrarecido taparrabos solamente y
una tela sobre la cabeza que alguna vez fuera blanca.
El Sadhu tenía tres líneas
verticales, muy juntas, pintadas en la frente, una blanca, otra amarilla y la
otra roja. El hombre llamó la atención del comerciante y este se puso de pie
para poder mirarlo con más claridad.
El Sadhu detuvo sus pasos
y sin mediar una sola palabra, sacó, de una bolsa vieja y rotosa, una
olla, un pedazo de pan seco, un cucharón y un plato de metal y hurgó en el
fondo hasta que encontró algo pequeño envuelto en una tela roja, igualmente
vieja y roída por el tiempo, mirando al comerciante le hizo señas de que esa
cosa era para él.
No se rechaza el regalo de
un Sadhu. Sin palabras como si se tratara de dos mudos, el hombre viejo, de
barba que alguna vez fuera blanca y que ahora se veía de color amarillento verdosa,
cerca de los labios y amarillentos como quemados por el sol, el resto de pelos
que llegaban hasta su pecho. El rostro cubierto de vibhuti, lo mismo el pecho y
la espalda, daban al personaje un toque de temor, sin embargo, la gente de
Bangladesh y toda la India, habían aprendido que se trataba de seres amorosos e
inofensivos.
El comerciante recibió el
pequeño regalo y el Sadhu continuó su camino.
¿Qué
podría regalar un pordiosero a un hombre rico? ¿A un adinerado comerciante de
telas de Bangladesh, de la casta de " los escogidos"? Seguramente
nada de valor.
Aún así la
curiosidad pudo más y el hombre rico abrió el pequeño regalo. Quitó la tela
roja.
Lo que vio entonces lo sorprendió muchísimo, no podía creerlo, se trataba de un pequeño rollo de papel de oro. El papel era tan delgado que un mínimo viento podría romperlo. Sería muy peligroso desenrollar siquiera cinco centímetros. De hecho se destruiría.
Lo que vio entonces lo sorprendió muchísimo, no podía creerlo, se trataba de un pequeño rollo de papel de oro. El papel era tan delgado que un mínimo viento podría romperlo. Sería muy peligroso desenrollar siquiera cinco centímetros. De hecho se destruiría.
Logró ver
unos extraños símbolos escritos en bajo relieve y lo guardó. Retornó la
joya a su vieja envoltura de tela, cogió sus pocas cosas y el comerciante
retornó a su casa, apurado, nervioso, esa cosa valía una fortuna. Nadie podía
enterarse, tenía que ser un secreto. Sudaban la frente y las manos,
estaba temblando, agitado.
Llegó a su
casa y apenas saludó a su mujer.
Prendió una
lámpara y se dirigió a su habitación, se arrodilló sobre un tapete y procedió a
examinar la prenda de oro.
En un instante la esposa apareció a su lado
y musitó
_ ¿Qué pasa varón amado?
El hombre
sudando respondió:
_Un Sadhu me regaló una
joya.
_ ¿Un Sadhu? – indagó
la mujer.
_ Si, un Sadhu –
afirmó el hombre.
_ ¿Y por qué estás tan nervioso? -
quiso saber la mujer.
El comerciante hizo una
señal de silencio y continuó abriendo el regalo.
Tomando un montón de
monedas, que usaba como peso, fue extendiendo sobre el tapete el papiro de oro.
De
largo medía más de tres metros, pero de ancho, poco menos de quince
centímetros.
El hombre acercó una
lámpara para ver si podía entender los símbolos. Nada.
La mujer vio todo y
preguntó:
_ ¿Te dijo algo el
Sadhu?, ¿Qué tienes que hacer con eso?
_ No – contestó el
comerciante – no dijo una sola palabra, sólo sacó la joya de su talega y me la
dio, sin decir una sola palabra.
_ Véndela como oro, te darán mil rupias por ella – dijo la mujer.
_ Estás
loca mujer. Esta joya debe tener miles de años y esas escrituras extrañas, es
un libro, ¿no te das cuenta? – habló el comerciante.
_ Esta joya tiene un
valor incalculable – continuó el hombre.
_ Es peligroso que
tengas esa cosa en casa – expresó la mujer – si alguien se entera nos podrían
matar para robarnos, será mejor que saques esa cosa de acá – dijo la esposa –
No la quiero en mi casa.
El hombre no hizo mucho
caso y dejando el pergamino extendido, fue hacia un mueble de madera, abrió un
cajón y entre ropas y otras cosas encontró una pluma, un tintero y un
papel, haciéndose luz con la lámpara copió los símbolos lo más exacto posible,
había copiado unas ocho líneas cuando escuchó:
_ Dhaka ¡!!, no
quiero tener esa cosa en mi casa, sácala de este lugar ¡!!
_ Ya, déjame pensar que voy a hacer - dijo el
comerciante.
_ Dhaka!!! – gritó la mujer.
El comerciante levantó la
cabeza, miró a la esposa e inmediatamente comenzó a retirar las monedas que
sujetaban el pliego de oro, se dispuso a regresar el papiro
y enrollarlo cuidadosamente en la pequeña vara de madera, aquella que
preservaba la valiosa joya.
Dhaka tomó el rollo de oro
lo puso en su bolsillo y salió de la casa.
Rápidamente fue al lugar
donde vivía Jaylaj, su primo escultor y dijo apresuradamente:
_ Jaylaj, necesito una escultura grande,
urgente, de piedra, muy pesada, que nadie la pueda mover con facilidad.
_ Primo,
haré un busto tuyo grande y hermoso – contestó el escultor - ¿dónde lo pondrás?
– preguntó.
_ No hombre, necesito algo que ya tengas
hecho, urgente, para hoy – habló el comerciante.
_No hay nada primo, estás loco, eso se pide
con tiempo. Si quieres un busto tomará por lo menos un mes en terminarlo – Dijo
el escultor.
_Esa tela que tienes allí, ¿Qué escultura está
cubriendo? – preguntó Dhakha, y sin esperar respuesta se acercó al bulto
cubierto por una tela oscura la cual jaló con fuerza y dejó ver un enorme Budha
sentado en loto.
_Te la compro – dijo el
comerciante - ¿Cuánto?
_Pero si tú eres musulmán
¿para qué quieres un Budha? –dijo el escultor.
_No hagas preguntas,
hombre, te compro el Budha, ¿Cuánto?
_Cinco mil - dijo el
escultor.
_Que sean tres – discutió
el comerciante.
_Hombre, tendré que hacer otro igual y este ya
está pagado, que sean cuatro – dijo el escultor.
_Tres y medio y es un buen
negocio – terminó el comerciante de telas.
_Hecho, dime ¿Dónde lo
quieres? – cerró el escultor.
_En las afueras de la ciudad, en el desierto
de Kethol – dijo el comerciante.
_ ¿Vas a adornar un desierto con un Budha de
tres mil quinientos? – preguntó el escultor.
_Si – afirmó Dhaka – lo que cuesta encontrarse
con un Sadhu en esta vida – dijo y continuó – vamos saca de una vez ese Budha.
Mágicamente aparecieron
cinco hombres, cargaron al Budha sobre una vieja carreta y con el
comerciante en otra carreta más vieja aún, salieron hacia el desierto.
_Primero déjenme bendecir el lugar – dijo el
comerciante dirigiéndose a los cinco hombres, se retiró a unos
50 metros, se inclinó y con mucha cautela sacó el pequeño regalo de
su bolsillo, hizo un hueco en la arena y lo enterró, puso unas
cuantas piedras pequeñas en forma de círculo y luego se inclinó tres veces
hasta que su frente toco la tierra. Hecho esto llamó a los hombres, ellos,
acercaron la carreta con el tremendo Budha de mármol blanco, de tres metros de
alto y más de media tonelada de peso, utilizando rodillos de madera, lograron
bajar la escultura hasta colocarlo sobre el circulo de piedras.
_Quiero que mañana
construyan una gruta para proteger al Budha del sol y de la arena.
Así se hizo y así mismo la
encontró, Daniel, 140 años después.

Gracias por sus aportes y como notarán se han tomado en cuenta. Espero también sus comentarios sobre el fondo. Los estudios realizados sobre lengua sumeria, historia, las tablillas de Ninive y Marí, entre otros, son importantes para este tema. Me gustaría saber si les impide una lectura corrida de la novela, si creen necesarios cambios al respecto, etc. Algunos lectores han pedido que se escriban en letra 16 y negritas para resaltar.
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